Pero irremediablemente cuando alguien recibe un regalo es extraño que no esboce una sonrisa. Esa emoción que recorre el cuerpo cuando estás intentado rasgar el envoltorio en el que se acostumbra a entregar. Desde niños a pequeños produce una sensación de felicidad el recibirlo, y esta se vuelve mucho mayor si el susodicho no se esperaba. Pero no tiene por qué ser material, un regalo también puede considerarse un beso espontaneo, un caricia sincera o unas palabras de corazón.
La semana pasada experimente tal sentimiento. Rodeado de gente desenvolví aquel regalo sin imaginar que podría ser y cuando descubrí aquello me di cuenta de que me conocían, que sabían lo que me gustaba. Me sentí especial, como cualquiera puede sentirse cuando al abrir y regalo se encuentra con algo que realmente le gusta, que puede que algún día dijese y sin darse cuenta quedó en la mente de alguien esperando esa ocasión especial para hacerle sonreír.
A los pocos días fue el cumpleaños de mi madre. Cuando llegue a casa me encontré con uno de sus regalos, el que más ilusión me hizo aunque no fuera para mí. Era un trozo de cartón pintado con rotuladores y un muñeco hecho con plastilina de colores. Representaba todo el amor que su sobrino le profesaba a mi madre. Había invertido en su elaboración toda la tarde, pudiendo haberla aprovechado para hacer otras cosas. Pero él deicidio que su tía se merecía aquella tarde más que nadie. Lo hizo gustoso, estoy seguro, y lo más importante, durante esas horas estuvo pensando en ella. Como ahora le tocaría hacer a mi madre, pensar en su sobrino cada vez que mirase aquel recuerdo de cumpleaños.

